Un día más, veinte y cuatro horas ordinarias que empujan lentamente las agujas del reloj en un pulso infinito. Nada ha cambiado, salvo un ligero detalle numérico todo sigue igual. Su desasosiego continúa siendo el mismo de siempre, el puñal en su pecho no ha cesado ni un solo momento en recordarle su incapacidad, sus ojos siguen mirándole sin el brillo que tanto anhela…
El día transcurre inexorable, y aunque se consuela con mentiras absurdas, su desazón la marca la irrelevancia de todo lo suyo ante el mundo. Quizás sea muy exigente, o bien la imperante necesidad de sentir lo que su corazón suplica, lo lleva a la impaciencia y la frustración. Sólo su guitarra le da una respuesta, que, por muy incoherente que sea, su visceralidad lo consuela. Un día más, nada ha cambiado.
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