“Los alfredos nos compran aspersores en el Pryca”, me dijo una voz que retumbaba en mi cabeza. Ante la absurdez de tal afirmación decidí abrocharme el tornillo y marchar con premura a casa.
“¡Que no voy a albortar!”, dijo mi mujer cuando le pregunté si quedaba un poco de leche para el café. Otra vez era incapaz de explicarme la incoherencia de la información que mi mente procesaba. ¿Se había vuelto loco el mundo o simplemente tenía un bistec entre ceja y ceja? Y lo que es aún peor, si esta última afirmación era verdadera, ¿Tendría tiempo de empanarlo antes de que empezara el Diario de Patricia? No tenía tiempo para pensar tanto, así que decidí hacerlo vuelta y vuelta sin empanarlo ni nada, total, para qué, si al final siempre me sabe a perro mojado.








