
Un lapso de tiempo es un ente diferenciado que es capaz de marcar nuestro estado de ánimo de forma significativa, nos muestran una sensación fugaz que nos deja inermes. Su naturaleza es enormemente variada y son capaces de aparecer en cualquier momento, ante el menor signo de debilidad mental.
Por norma general, suelen “cazarnos” en momentos de gran receptividad, cuando nos despojamos de nuestra armadura y nos abrimos a las sensaciones. Pueden durar desde un segundo hasta varias horas, y lo peor de su acto de aparecérsenos es que sólo viven en nuestro interior. Esto origina situaciones bastante extrañas en las que nuestros actos se envuelven en un cierto halo de locura para los demás, una incomprensión por su parte que tú no entiendes.
Los hay de diferentes tipos según el sentimiento que producen en nosotros: felicidad, euforia, estado de gracia, agresividad…. Pero no son estas sensaciones las que realmente nos hieren, si no las consecuencias que subyacen de caer violentamente de nuevo a la realidad: soledad, tristeza, desidia…
Es por eso que los lapsos son crueles y despiadados, nos atacan donde más nos duele haciéndonos creer en una realidad que se esfuma súbitamente para que nos golpeemos contra un muro de decepción. Ahora, conozco la causa de uno de ellos, y me azota casi a diario, pero yo, torpe como el que más, tropiezo cada día y me dejo llevar. Estoy condenado -como si una mismísima reencarnación de Sísifo fuera- a golpearme eternamente con dicho muro cada vez que la vea. Aun así, lo prefiero.
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